Chapter 50: Cha´pter

—Cuando Elena levantó su cesto de ropa sucia encontró su celular —rio la señora Roy, levantando su jarra con una sonrisa—. Se le perdió por dos días y solo tenía que ordenar su cuarto, qué niña de verdad.

Yo le di un sorbo a mi tercer jugo de manzana, escuchando con atención cada una de sus historias. Cada una se volvía más sincera que la otra, con cada trago que le daba a esa jarra amarilla.

—Elena está muy apegada a su celular, ¿verdad? —pregunté—. No hay día que no la vea con él.

—Demasiado —asintió—. Aunque la ves muy tranquila, es una niña bastante desobediente, le dices que haga algo, y hace lo contrario, como si le gustara hacerte enojar —admitió, alzando su jarra, llamando a la camarera—. Se la pasa rezongando todo el día, ignorándome cada que puede y discutiendo de cualquier mínima cosa.

Parpadeé un par de veces, viendo como la mesera le entregaba su nueva bebida con casi la misma eficiencia de Nolan al entregar el café.

—A veces creo que son cosas de la edad, ya sabes, la adolescencia y rebeldía —rio un segundo, bebiendo un poco de la espuma—. Pero después de cinco años, ya no estoy segura. Solo la dejo ser.

Bajé un poco la mirada. Pensando en la Elena que yo conocía, la que me atendía con una sonrisa, la que se sonrojaba cuando le hablaba, la que se emocionaba si la tocaba.

Le di un trago a mi jugo, sintiendo como su sabor llenaba mi lengua. Pero al bajar la lata, viendo su circunferencia gris manchada por una gota de jugo marrón, la limpié con el pulgar.

—Nunca pensé eso de Elena —contesté con la mirada baja—. Siempre pensé que era una buena niña que le ayudaba a su madre con el trabajo.

—¿Nunca te has preguntado por qué me acompaña al consultorio entre semana? —miró su anillo, dándole vueltas en su dedo corazón.

Yo negué con la cabeza, sin una respuesta ante su duda.

—Hace un mes, cuando regresé de escuchar a una adolescente con problemas de desamor juvenil, vi un auto estacionado afuera de mi casa, lo reconocí, pero intenté ignorar.

Mis ojos se levantaron a su rostro. Viendo lo apretado y denso que estaba.

—¿Qué pasó? —pregunté, escuchando el crack cuando aplasté la lata.

—Introduje la llave en el picaporte, pero giró sin necesidad de abrir el cerrojo —rio, una risa nerviosa que no era capaz de sentir como verdadera—. Lo supe cuando no escuché el clic que hace al abrirse, y pensé: Elena debió llegar temprano —su mirada por fin cayó, apretando el anillo—. Y créeme, créeme que lo intenté, pero el auto afuera no me dejaba.

Levanté la mano, queriendo ayudarla físicamente. Pero entre nosotras no había aún ninguna conexión tan consolidada. Tocarla sin razón se podría llegar a ver como una forma de acoso o manipulación.

No era como en el camino, donde tenía una razón muy tonta, pero una razón.

Pero justo ahora, solo podía apretar el puño, y con una voz que demostraba toda mi preocupación y cuidado: —¿De quién era? —pregunté.

Ella se detuvo un segundo antes de escupirlo.

—De mi ex marido —contestó cerrando los ojos—. Ella, sin decirme, lo metió a mi casa, a nuestra casa cuando él ya no pertenecía —su mandíbula se apretó, mientras las lágrimas se acumulaban en sus párpados—. Él nos abandonó, renunció a nosotras...

Se detuvo un segundo, antes de que una lágrima saliera junto a su voz.

—Y verlo en mi sofá, abrazado de mi hija mientras veían un partido de basquetbol, comiendo papas con salsa y bebiendo jugo de naranja —se detuvo al ver mi mirada, colocando una mano en su mejilla, desviándose a su bebida—. Perdóname, creo que te estoy agobiando, el alcohol siempre me quita los pelos en la lengua.

—Para nada —contesté sin pensar, regresando la vista a mi lata—. De hecho me gusta escucharla —dije, sintiendo como mi rostro se sonrojaba—. Suena raro, pero usted sabe que soy buena en eso.

Ella sonrió, dándole un sorbo a su jarra. —Increíble, porque tengo cientos de historias que nunca he contado —rio, como si estuviera entre un grupo de amigos—. Cada una peor que la otra.

Pero yo no reí.

La vi fijamente, con los ojos llenos de una preocupación que desconocía de mí.

Y levantándome un poco del asiento, acercándome a ella sin permiso.

—Me gustaría escucharla —solté sin pensar, sintiendo como mis mejillas se sonrojaban volviendo mi vista a la lata—. O sea, no malentienda. Solo quiero escucharla para entenderla y ayudarla, por eso estamos aquí... sí... eso.

Ella levantó la jarra, sin despegar la vista de mí. Sus ojos ahora eran más suaves, no solo por la cálida luz, era un camino más real, uno que se formaba entre nosotras dos.

—Contarte toda la historia tomaría un siglo, no sabría por dónde comenzar.

—¿Dónde cree que debe comenzar, señorita Roy? —contesté, calcando sus palabras ese primer día.

—Por el principio, supongo.

Bajó la vista, viendo su anillo, no sé qué estaba pensando, pero su rostro, lleno de dolor, me lo transmitía sin emitir ninguna palabra.

—No entiendo por qué me enamoré de él —comenzó, con las palabras más fuertes que me pude imaginar—. Era uno de esos patanes clásicos. Chaqueta negra, mal comportamiento, irrespetuoso con todos y todas. El paquete completo de un imbécil.

Comenzó a girar su anillo, como si eso liberara algunos recuerdos.

—No recuerdo lo que pensaba en esos momentos, solo quería ayudar —rio desde la nariz—. Siempre me ha gustado la idea de ayudar a la gente desde pequeña, y con él, ese intento llegaba a su máximo nivel.

Me quedé callada, escuchándola con una atención casi ceremonial. Cada palabra, una nueva rama de mi percepción.

—Recuerdo bien ese día, yo había cumplido los dieciocho años un día anterior, iba con todos mis documentos en las manos para inscribirme en la mejor universidad de Vancouver —sonrió, como si ese recuerdo la llevara a un momento feliz de su vida—, y aunque suene cliché, choqué con él.

—¿Como en las películas?

—Como en las películas —confirmó—. Me sobé la cabeza, pensando que no vi un poste. Pero frente a mí, un chico guapo de rostro afilado y cabello negro me veía con desprecio. Yo lo vi, y sentí una fuerte descarga recorrer todo mi cuerpo, amor a primera vista lo llamé —le dio un sorbo a su jarra—. Sus primeras palabras fueron: Mira por donde caminas, cuatro ojos. Y en ese momento lo entendí, entendí que él no era ningún príncipe azul.

Bajó la mirada, apretando su anillo.

—Entenderlo fue el primer paso para que mi instinto se alertara. Pero no soy tonta, nunca me sacrificaría mental y físicamente por alguien sin salvación —suspiró por la nariz, pero sin levantar su vista a verme—. En ese momento, cuando yo estaba resignada a recoger todos mis papeles sola, él me extendió uno, con el rostro en otra dirección y los labios temblando. Me demostró que no era un simple monstruo, que detrás de esa apariencia ruda, había un hombre sensible que solo quería ser entendido.

Levantó su vista, con unos ojos tan serenos que juro, pude ver la mayor muestra de afecto en sus simples pupilas marrones.

Fue entonces cuando lo dijo, sintiendo sus palabras personales, aunque no se refirieran a mí.

—Y yo quería ser esa persona —confesó—. Quería ser la persona que lo salvara.

—Hirise —dije apenas su nombre, sintiendo como su mirada ahora me pertenecía—. No te quiero interrumpir, solo que mi estómago me lo pide —tragué saliva, sintiendo ese lindo aleteo dentro de él—. ¿Tú de verdad crees en mí? ¿En mi salvación?

Ella bajó la mirada un poco, y sin tomarle a su bebida, confesó con todo su corazón. —Sí, tú puedes ser salvada —y con una sonrisa nacida desde sus ojos hasta los labios—. Yo lo demostraré, porque creo en ti. Clear Norguest.

Bajé la mirada, dejando mi lata en la mesa, separando mis dedos de su frío envase. Sintiendo como sus palabras golpeaban un nervio que necesitaba ser despertado.

La volteé a ver, su mirada no perdía su alegría.

Algo en mí nacía, algo que ya conocía muy bien.

Miré mis manos, no dejaban de temblar, lo que solo lo confirmaba.

—Hirise —dije con la voz rota, extendiendo el brazo, algo en mí aún necesitaba atención, comprensión y aceptación—. Siento las manos pegajosas, las siento llenas de sangre...

Pero ella las tomó sin miedo, pasando su dedo por mi palma, entre los dedos. Como si me estuviera haciendo un suave masaje. —No encuentro sangre —declaró con una sonrisa—. Están limpias.

Ella alejó su mano, pero yo la apreté sin fuerza, solo, no la quería soltar. Algo en mí me lo decía, me lo exigía, quería un poco más su calor. —Hirise —llamé, sintiendo como mis mejillas se enrojecían cada segundo más—. Aquí hace algo de calor, ¿po-podemos salir?

Asintió.

Mientras mi corazón lo sentía.

Una conexión se estaba formando.

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